¿Examinamos a nuestros estudiantes o no?

Miguel Erasmo Zaldívar Carrillo

 

Resumen: En la actualidad y, debido a la influencia de la tradición, se ha hecho muy común aplicar, a los estudiantes, exámenes estandarizados de respuestas rápidas, lo que ha atraído la crítica de muchos pedagogos. Por otro lado, algunos defienden la necesidad de eliminar esta figura pedagógica de nuestras aulas por considerar que no es posible medir el nivel de aprendizaje de los alumnos, que constituyen instrumentos de clasificación que terminan generando estados de ansiedad en los estudiantes o, porque resulta suficiente la opinión autorizada de los maestros para emitir un juicio definitorio sobre el desenvolvimiento de un estudiante en clases. En la presente comunicación trataremos de abordar algunos aspectos, a veces, olvidados que, argumentan, lo efectivo que puede llegar a ser un buen examen en manos de un maestro.

Palabras claves: Evaluación, evaluación pedagógica, evaluación educativa, evaluación desarrolladora.

Introducción

La aplicación de pruebas para evaluar el desempeño de los estudiantes en clases tiene una larga y polémica historia. Aunque la utilización de exámenes pedagógicos data de antes, puede asegurarse que el desarrollo de las primeras pruebas de evaluación, que se originan de la necesidad de dar respuesta a determinadas demandas de la sociedad, se remonta al año 1905 en que se elabora el primer test de inteligencia por los psicólogos franceses Alfred Bidet y Théodore Simon. Estas pruebas desarrolladas por ellos pretendían determinar qué niños de las escuelas de París necesitarían una educación especial por su menor cociente intelectual. Al valorar la enorme importancia de la propuesta de estos autores para el desarrollo de la Decimología o ciencia de los test, no podemos dejar de preguntarnos qué sentiría un niño parisino antes, durante y luego de enfrentar semejante prueba. El simple hecho de saber que su resultado determinaría si él era una persona más o menos inteligente y que ello gravitaría en el tratamiento que le darían sus congéneres debía ser suficiente para generar tensión, estrés y, consecuentemente, afectar el rendimiento general de cualquier individuo.

Años más tarde se revisó la escala Bidet-Simon para adecuarla a una población de niños de más de tres años. Este trabajo fue llevado a cabo por el psicólogo estadounidense Lewis Terman. Resulta evidente que detrás de estas propuestas subyace la concepción de que la inteligencia es una cualidad general de la persona que afecta su rendimiento en general y que puede ser medida con determinados instrumentos: test. No podemos obviar cuán extendida entre padres, familiares y pedagogos está la expresión de “qué inteligente es mi niño”, en no pocas oportunidades estas expresiones hacen enorgullecer a los padres cual si sus hijos fueran portadores de algún milagro genético que les diera la ventaja del éxito en los avatares de la vida.

Como pedagogo comprometido con el desarrollo humano, la felicidad y desarrollo de mis alumnos no tengo más que preocuparme por estas actitudes, en mi opinión, antipedagógicas y limitadoras del desarrollo de la individualidad.

No es mi interés minimizar en un ápice la trascendencia que para la psicología clínica tiene la utilización de múltiples y muy útiles test, reconozco el esfuerzo personal y el aporte, en el contexto de su época y de los problemas a los que se enfrentaron, los científicos citados y de tantos otros. Pero cuando se trata de la educación del ser humano, del trabajo del maestro en el ámbito escolar, defiendo que la posición ante los exámenes y el resultado que en ellos alcancen nuestros estudiantes, debe ser otra. De antemano aclaro, que soy un ferviente defensor de este tipo de actividad pedagógica, como suelo llamar al acto de examinar. Trataré en la siguiente exposición de centrar la atención en aquellas áreas potencialmente instructivas y educativas que los maestros debemos conocer y explotar al planificar, aplicar y debatir los resultados de nuestros estudiantes en los exámenes escolares.

Desarrollo

Debe partirse de definir cuál es el interés de la sociedad en que los individuos que asisten a los diferentes tipos de instrucción sean examinados. Creo que para ello debe reconocerse, primeramente, que, para bien o para mal, por muchos años la instrucción, que es a lo que de manera consciente y especial se dedican las Instituciones “Educativas”, ha centrado más la atención en la planificación didáctica del contenido de la ciencia que debe ser aprendido por el estudiante dependiendo de la edad y nivel de escolarización que, en los procesos intelectuales que se comprometen durante el proceso de su aprendizaje y que tienen, como se entenderá, mayor alcance en su desarrollo futuro. En otras palabras, nos interesa más que sabe y qué hace con lo que sabe, que el cómo lo hace, cómo lo aprendió y cómo se siente haciéndolo.

Piaget arremetía contra los exámenes pues según pensaba, luego de algunos años, una parte significativa de lo aprendido dejaba de ser de utilidad para el individuo y, consecuentemente, se olvidaba. Pregunten a un psicólogo cuáles son las leyes de Newton, que estudio y aprobó en la preparatoria y verán el resultado. En la realidad lo que ocurre es que los conocimientos se van especializando según sea el área de trabajo en cuestión, y como se entenderá, solo una parte de lo estudiado y aprendido en la primaria, la secundaria y el bachillerato, nos acompaña durante toda la vida.

Detrás de los exámenes y su aplicación gravitan las exigencias sociales, primero, de medir la efectividad del trabajo de los maestros y las instituciones escolares (la familia exige una buena escuela y una buena escuela es aquella que enseña bastante); segundo, de evaluar el desempeño del alumno para justificar que le encarguemos el desarrollo de determinada profesión con mayor o menor nivel de certeza en que la desempeñará eficientemente. A ninguno de nosotros se nos ocurriría consultar a un ortopédico que no dominara la nomenclatura de los huesos del cuerpo humano, lo desestimaríamos por incompetente. Un buen hospital pretende siempre contratar a los mejores graduados pues, en teoría, deben comportarse con mayores desempeños, o sea, como los más capaces. A lo anterior se agrega que, los que expiden los títulos se responsabilizan, de muchas maneras, con el desempeño de sus egresados. Ello exige evaluaciones sistemáticas, profundas y, evidentemente, clasificadoras.

Ahora bien, cuáles especificaciones de carácter pedagógico se consideran imprescindibles para la planificación, desarrollo y valoración de los resultados de los exámenes escolares.

Comenzaremos diciendo que creemos inapropiado que el examen se elabore por otra persona que no sea el maestro. Se que ello afecta directamente a muchos que se dedican al diseño y mercadeo de “Pruebas Pedagógicas”. ¿Qué hace que pensemos de ese modo? Primero, para la elaboración del examen el maestro debe partir de considerar la participación sistemática de sus estudiantes en clases, o sea, los resultados de las evaluaciones sistemáticas. De lo contrario podría diseñar un examen que, al no considerar lo que él enseñó y ellos aprendieron y cómo lo aprendieron, fuese reprobado por la mayoría. Si todos suspenden la conclusión a sacar es que la prueba no se ajustó a lo aprendido o no tuvo en cuenta las particularidades del maestro, la escuela y el curso o período de tiempo que se desea evaluar. Tambien puede concluirse que el maestro no “sabe enseñar”[1] y que, peor aún, no tiene ni idea de lo que sus alumnos “aprenden”. NO SE PREGUNTA A UN GRUPO DE ESTUDIANTES LO QUE SE SABE QUE DESCONOCEN, O SEA, LO QUE NO SE LES ENSEÑÓ. Si usted sabe lo que desconocen, lo mejor que puede hacer como educador es, ENSEÑÁRSELO. Demás está decir que existen algunos maestros que en represalia con un grupo diseñan y aplican exámenes muy difíciles (entendiendo por ello que están por encima de las posibilidades reales de sus estudiantes para responderlos correctamente). Esta es una clara manifestación de incapacidad pedagógica. El examen no tiene función de castigo, el mide el rendimiento pedagógico del grupo y de sus maestros. En mejores palabras, su resultado aporta indicios sobre la calidad del proceso pedagógico. Cuando un educador procede de este modo no hace otra cosa que autotraicionarse, demostrando su falta de profesionalidad.

Se entenderá que en una comunidad que se haya visto afectada por una catástrofe no se podrán establecer los mismos parámetros que en otra que no haya sido afectada. El ejemplo es muy extremo pero el caso es que también se aplica a un grupo en el que su maestro haya estado impedido de trabajar por enfermedad y, en el mejor de los casos, se le sustituyera por un practicante de menor experiencia. Pero, si el que estuvo enfermo fue un alumno, resulta igualmente injusto medir su desarrollo y aprendizaje con el mismo examen que el de los demás.

Por otro lado, si todos aprueban con el máximo de puntuación, que es el otro extremo, hay que concluir que el examen no permite establecer las diferencias en el proceso de aprendizaje y desarrollo y al no contemplar esas diferencias individuales no permite orientar al maestro en su trabajo futuro y, consecuentemente, tendrá que trabajar como si todos fueran uno solo, idénticos, con lo que echaríamos por tierra la exigencia de atender a las diferencias individuales. Con ello queda implícito que la función del examen más importante es la de diagnosticar las potencialidades de los estudiantes para proyectar el trabajo futuro, establecer las diferencias individuales según los objetivos que se hayan planteado. Se entenderá entonces por qué se defiende la idea de que la persona más indicada para elaborar un examen es el maestro que impartió la materia.

Una pregunta que deberían hacerse todos los educadores es si pedagógicamente hablando, debería suspender alguien un examen. En el análisis de este aspecto hay que diferenciar los diferentes niveles de enseñanza pues según el caso también existen sus extremos, lo que nos lleva a pensar en una segunda interrogante ¿cuál es la razón por la que algunos niños reprueban su primer grado escolar? Si asumimos que la personalidad es un producto tardío en el desarrollo del individuo y que es el proceso de socialización el principal responsable de su eclosión, debemos entonces afirmar, que todos los seres humanos sanos están en las mismas posibilidades de desarrollarse y que la diferencias existentes se dan por las razones Culturales que, de manera inevitable, matizan sus experiencias vividas (familiares, personales, comunitarias y sociales). Y si además entendemos, que una condición para que todos tengamos acceso a una educación justa y equitativa es que la escuela garantice todas las condiciones para que los niños tengan las mismas posibilidades de desarrollo y allí donde algunos estén en desventajas culturales producto a que viven en el seno de familias disfuncionales u otras razones cualesquiera, hacer lo posible, para reducir o eliminar los efectos deseducadores de esas condiciones negativas; no queda otro camino, que buscar las causas de la falta de aprovechamiento en un niño de seis años en el mal funcionamiento de la escuela y el deficiente manejo pedagógico de sus maestros. De manera definitiva consideramos que si las escuelas primarias trabajan bien, todos los niños deberían promover, pues además, resulta realmente frustrante que la primera experiencia de una persona en un centro escolar sea tan drástica. Nada podrá borrar posteriormente, en un niño, toda la experiencia negativa que antecede, sucede y precede a la reprobación de un curso escolar.

A los que no están de acuerdo con esta posición le pedimos que piensen cuál es la naturaleza de la experiencia vivida que se genera en un niño de seis años que reprueba su primer grado. Cómo los demás amiguitos y compañeros decodifican esta situación, cómo actúan, como lo tratan. Cuántas interrogantes, dudas y miedos pudieran surgir en la mente de un grupo de niños que ven como uno de sus compañeros que los ha acompañado durante todo un curso escolar reprueba. Si ese niño que reprobó, vive en el seno de una familia muy tradicional, prejuiciosa y exageradamente exigente, como suele ocurrir, pasará por una de las situaciones más difíciles a las que se enfrenta cualquier ser humano, el escarnio familiar. Luego la situación se da en un momento crucial de su desarrollo. Apenas está comenzando su vida escolar, con lo difícil que ello resulta para cualquier niño, y ya tiene un fracaso cuyo efecto durará por mucho tiempo. Pensemos, además, qué ocurre con el desarrollo de su autoestima de su autovaloración de su autoafirmación. En conclusión, defendemos que existen tantas opciones pedagógicas y didácticas a aplicar en la escuela primaria para que los niños disfruten aprendiendo y aprendan disfrutando que el reprobado está fuera de lo que consideramos prudente en estas edades. Entre los seis y los 11 años de edad todo lo que el niño debería experimentar en relación con el estudio en general, con la escuela en particular y con los maestros en singular son sentimientos de alegría, de crecimiento personal, de descubrimiento y de placer. La pedagogía acumula suficientes experiencias para dar solución a cualquier situación de aprendizaje que no implique afectaciones fisiológicas que afecten sus funciones intelectuales.

De manera general, para un estudiante de cualquier edad suspender un examen es fuente de tensión, malestar y disgusto. Ello, si no es atendido de manera pedagógica, en el mejor de los casos alimenta la desatención en clases y la falta de compromiso con una o con todas las materias escolares. Es sabido que la calidad e intensidad del afecto que un grupo de estudiantes sienta por un maestro es proporcional a sus alegrías y éxitos en sus clases y con su asignatura. Mientras más se aprende una materia más se aprecia al maestro que la imparte, al punto que el alumno tiene la tendencia de creer que el buen resultado se debe más a la pericia del educador que al trabajo de ambos, en equipo. Como ya expresamos, un grupo que aprende mucho es siempre resultado de uno o varios maestros que enseñan en la misma proporción y viceversa.

Por otro lado, el efecto del suspenso en la familia no suele tener mejores consecuencias. Los que somos padres deberíamos ponernos más a menudo en los zapatos de nuestros hijos para entender que la función de la familia debe ser la de acompañarlos en su tránsito por la vida estudiantil, para ayudarlos a disfrutarlas totalmente; a disfrutar tanto los éxitos como las derrotas (al mal tiempo buena cara y lo que no se debe perder nunca es la alegría y la humanidad). A la par con ello, debemos enseñarles que el fracaso es parte de la vida y, además, una de sus partes más importantes y comunes. No existe el negro sin el blanco, no hay alumnos sin maestros, ni padres sin hijos, como tampoco éxitos si fracasos. Son conceptos que no se dan el uno sin el otro y no por un problema del lenguaje sino de la vida. La falta de éxito no solo nos devuelve una mirada hacia dentro para deletrearnos que somos humanos, sino que, además, nos muestra con especial nitidez aquellos aspectos en los que debemos trabajar más intensamente. Nos permite aclararnos las áreas en las que somos vulnerables y nos prevé cómo prepararnos para próximos eventos. Uno de los caminos más óptimos para el desarrollo de la metacognición es la comprensión del volumen de lo que sabemos pero también de lo que desconocemos en su relación con lo que deberíamos dominar.

El fracaso escolar, frente a un examen, debe ser un motivo para que la familia se una y un pretexto muy oportuno para evidenciar sus fortalezas. Si el joven se siente apoyado estará en mejores condiciones de levantarse y enfrentar nuevos retos. Si lo ve como algo normal, que ocurre a todos en múltiples oportunidades a lo largo de la vida, comprenderá, que estudiar para reponerse no es de triunfadores como se dice sino de humanos y que en la vida, constantemente, estamos en la necesidad de reconstruirnos a partir de experiencias que no siempre suelen ser agradables.

A lo anterior se suma que este momento es esencial para que la familia encuentre sus limitaciones como grupo humano en el sentido de crear las mejores condiciones para los hijos que estudian. Y no hablo solo de condiciones materiales sino espirituales. Resulta importante que desde pequeños los hijos tengan su espacio físico y sonoro para estudiar y que tengan también su tiempo. Como dice la Biblia, en la vida hay tiempo para todo, tiempo para sembrar y tiempo de cosechar, tiempo para reír y tiempo para llorar. Para aprender hay que dedicar mucho tiempo a estudiar, si no se vela por garantizar una buena siembra no debemos sorprenderlos de lo mala de la cosecha. Con ellos se recalca que estudiar no es un problema del joven es un asunto de la familia y de los de más alta importancia. De manera que evitemos preguntar ¿Ya estudiaste? Sería mejor decir ¿Cuándo vamos a estudiar, qué necesitamos? Además hay que planificarles y respetarles el tiempo de descanso y el de esparcimiento: ser profunda y esencialmente feliz es un catalizador natural muy efectivo para poder aprender bien y sólidamente la materia. Nadie enojado, preocupado, presionado o cansado está en condiciones de movilizar todos sus resortes intelectuales en función de su aprendizaje. Todas estas son valoraciones que debemos hacer los maestros para tener la dimensión del efecto que el reprobado provoca en nuestros estudiantes.

Los padres debemos estar muy claros que el resultado de nuestros hijos en los exámenes no es una medida de su calidad humana. Un buen hijo no es el que aprueba sus exámenes ni uno malo el que lo suspende.

Pensemos ahora, qué puede significar para un maestro que le suspenda un estudiante. Creo que en lo primero que pensamos es en que no estudió. Porque, debo reconocerlo, tenemos la tendencia a achacar a la falta de estudio de los estudiantes el resultado de nuestro trabajo sin hacer mayores análisis. En otras oportunidades decimos o pensamos, - lo sabía, tenía que ser, si es que este muchacho siempre está perdiendo el tiempo, nuca hace caso. Lo preocupante de todo esto es que las respuestas de los maestros a estas cuestiones, en no pocos casos, nunca están en primera persona. Pensemos, ¿Cómo nos gustaría que actuara el maestro y la escuela si el suspenso fuera mi hijo? Pensemos ahora que el suspenso en vez de uno son dos, o tres, o cuatro o más.

En fracaso escolar debe constituir un reto para la pedagogía pues siendo ella la ciencia encargada de buscar las maneras de generar desarrollos en todos los individuos debería garantizar maneras de evaluarlo sin que ello implicara repetir el año escolar. En este sentido defendemos la idea que el resultado en el examen escolar debe constituir, fundamentalmente, la definición del estado de partida de cada estudiante en particular y de su colectivo en general, para la planeación de posteriores actividades pedagógicas. Toda actividad pedagógica debe partir de un diagnóstico que en muchos casos se completa con el examen y todo examen debe conducir a nuevas actividades pedagógicas.

Ahora bien, el examen en si es también una muy importante actividad pedagógica. Tradicionalmente se ha asumido que su función está centrada en los aspectos valorados al inicio de la presente comunicación, sin embargo, existen otros que deben ser muy tomados en consideración a la hora de pensar en sus objetivos. Valoraremos a continuación algunos de ellos.

El desarrollo de un examen, que por su adecuada concepción garantice para su solución una intensa actividad intelectual de los estudiantes, genera un proceso de reestructuración de los conocimientos impactando de manera muy especial en la metacognición cognitivas e instrumental de los estudiantes. Es conocido que en el acto de responder hacemos conciencia de aquellos aspectos del conocimiento y de las formas de operar con ellos que anteriormente se habían mantenido ocultos por estar más centrado en los resultados de la actividad que en los procesos que los garantizan. De manera que, luego de varias horas de trabajo para responder la tarea tenemos más claridad de cuáles conocimientos en realidad poseemos y cuales son sus límites. Tenemos más certeza de lo que debemos aprender y estudiar con mayor énfasis luego de examinarnos que antes de. Podemos resumir esta función del examen como la función de recapitulación y definición metacognitiva.

Si retrocedemos un poco más en el tiempo veremos con suma claridad otros efectos que se logra en los estudiantes con la aplicación sistemática de buenos exámenes, su impacto comienzan a verse antes de que estos se desarrollen. Como ya existe la experiencia en los estudiantes de este tipo de actividad desarrollada con especial calidad por determinado profesor estos comienzan a prepararse, muy comúnmente, orientados por muy útiles y oportunas guías de estudio. Estas guías preparadas para organizar y optimizar el esfuerzo de sus alumnos para el examen tienen la enorme virtud de conducir o viabilizar el ordenamiento conceptual, la elaboración de resúmenes y/o de mapas conceptuales, tablas cronológicas, lo que, como se comprenderá, tiene la función de sintetizar en aspectos esenciales un gran volumen de conocimientos o dar organización lógica a lo que se sabe. Esta estructura lógica es definitoria para lograr claridad en lo que se sabe. Además de ello, estas guías, coadyuvan a especificar cuáles habilidades generalizadoras serán objeto de evaluación y, consecuentemente, a aclarar las vías de ejecución más idóneas. Se entenderá que no nos estamos refiriendo a “exámenes” de respuestas rápidas o ítems. Es fácil percatarse que el trabajo con las guías completa el desarrollo de habilidades muy especiales como la síntesis, la valoración y el establecimiento de estrategias.

Otra de las ventajas previas a esta actividad se da en el trabajo de preparación en equipo debido a que, en no pocos casos, los alumnos se agrupan por afinidades para estudiar. Los alumnos que se concentran en estos microgrupos tienen, como se comprenderá, diferentes niveles de conocimientos y desarrollo de habilidades para cada una de las materias escolares. Estas diferencias se convierten en virtudes del equipo de estudio puesto que constituyen verdaderos resortes del desarrollo pues los más adelantados en unas áreas apoyan a sus compañeros con sus explicaciones. Estas explicaciones no solo cumplen la función de ayudar al más rezagado, sino que, al ser una modelación en el lenguaje externo de una actividad internalizada, permite su reconstrucción en el plano de la conciencia del que explica, él que al verse interrogado por sus oyentes, debe retomarla para aclarar estas dudas, las que probablemente le surgieron a él, y buscar maneras más fáciles de decir. De manera que el que creía saber descubre otras dimensiones del conocimiento en las preguntas de sus compañeros, tal vez poco exploradas por él, con lo que, ayudando, se ayuda. Esta es una de las razones por las que se dice que en una interacción cognitiva todos los que interactúan aprenden. Todo ello catapulta a todos los que aprenden a otro nivel de conocimiento superior al que poseían, con una ganancia especial en el desarrollo metacognitivo. Otra ventaja adicional de este tipo de interacción en el plano educativo es la profundización de relaciones de cooperación y respeto entre los compañeros de clase y el fomento de valores de solidaridad y ayuda. Quien ayuda a un compañero no solo presta un servicio sino que además, crece comos ser humano y; en este mundo tan individualista estas divisas humanas valen más que el oro.

A lo anterior se suma que durante el proceso de repasar las materias y, fundamentalmente en estos nivel de intercambio se redefinen las motivaciones cognitivas y profesionales producto a la exposición de opiniones, valoraciones y puntos de vistas, a veces, antagónicos. Para muchos de los que intercambian, sus motivaciones intrínsecas están en pleno proceso de formación ya que se orientaban hacia la actividad por el único interés de aprobar, no obstante, los puntos de vistas de sus compañeros más aventajados y, dado que sus estatus en el grupo se revaloriza en épocas de exámenes, comienzan a refundirse con los de ellos y los del grupo, originándose una renegociación de intereses con el consecuente reordenamiento de las escalas valorativas. La preparación para los exámenes es una actividad pedagógica única y debe ser aprovechada al máximo en sus funciones instructivas y educativas al máximo por lo educadores. Uno de sus mejores resultados es la sensibilización de la familia con el estudiante y su disposición a la colaboración con la escuela. La tensión que genera en los padres y alumnos la especial época de exámenes crea condiciones ideales para planear, desarrollar y alimentar las relaciones escuela familia con lo que se generan excelentes momentos de diagnostico y autoconocimiento.

En el desarrollo del examen se produce uno de los ejercicios intelectuales más intensos y agotadores dentro del marco de la vida escolar: la concentración en la búsqueda de la solución a las preguntas. La necesidad de mantenerse en silencio y sin molestar a los compañeros y de no solicitar ayudas genera un ambiente desarrollador de la atención y la concentración no siempre justamente valorados. Esta especificidad hace que defendamos la necesidad de aplicar exámenes más o menos sistemáticos en dependencia de las características del grupo y el contenido y, siempre que se considere prudente. Recalcamos que la función del examen a la par que diagnóstica debe ser instructiva, educativa y DESARROLLADORA.

El desarrollo de la concentración se ve coronado por una mayor organización y estructuración de las ideas de los estudiantes. Además, se desarrolla la profundidad del pensamiento en tanto las respuestas conducen la búsqueda de propiedades y relaciones esenciales y definitorias de los conocimientos que deben dominarse.

A lo analizado con anterioridad se suma que durante la realización de la prueba y por lo que el resultado implica para el sujeto su familia y su medio en general, sobre él se establecen sistemas de tensión psicológicas. La persistencia de este sistema durante el desarrollo del examen se traduce en que recordará durante mucho tiempo el texto de las preguntas inacabadas, los contenidos a que se refería e incluso, la respuesta incorrectas que dio permitiéndole todo un proceso de análisis sistematizado del error. A este fenómeno se le conoce con el nombre de efecto de Zeirgarnik[2]

En cuanto a la formación de valores, el desarrollo del examen constituye la mayor prueba de honestidad a que se enfrentan los estudiantes desde sus primeras incursiones en la escuela. Constituyen especiales motivos para debatir algunas actitudes incorrectas y que mantienen valoraciones positivas entre los jóvenes como es el caso de pasarle la respuesta a un compañero para que no repruebe. En el análisis de esta situación se redefine el concepto de amistad y se la sustenta en valores enaltecedores del hombre y sus virtudes. Algunos educadores se proponen y logran que como resultado de su trabajo educativo lograr que el grupo desarrollo el examen solos, sin la compañía de un profesor evidenciando una altísima preparación profesional y un excelente resultado educativo. Estos educadores y estos grupos constituyen joyas de la pedagogía a la que todos deberíamos aspirar.

Por último queremos llamar la atención hacia el desarrollo de la capacidad de síntesis que se logra, tanto en el proceso de preparación para el examen, como en su desarrollo mismo. Sintetizar no solo implica decir mucho en pocas palabras sino también y, lo que resulta definitorio, seleccionar de entre múltiples ideas las más esenciales y generalizadoras lo que redunda en la profundidad del pensamiento. Resumir correctamente exige ordenar las ideas por su nivel de importancia, aclarar las relaciones de condicionamiento, complementación y determinación; establecer las ideas esenciales y secundarias; establecer los hechos, sus consecuencias y las suposiciones a las que conducen. Todo lo anterior resulta una actividad intelectual especialmente exigente y sui géneris. Solo durante los exámenes se logran hacer coincidir y conjugar tantas determinantes de importancia en el aprendizaje y desarrollo de nuestros estudiantes.

Podemos asegurar que hasta los aspectos más repulsivos en los exámenes tienes sus ganancias instructivas y educativas. Estamos haciendo referencia a los casos en los que se sorprende a un estudiantes con un acordeón o un chivo (se hace alusión a notas con las posibles respuestas que los estudiantes pasan escondidas al local de examen). Esta situación resulta favorable para analizar con el estudiante en cuestión, nunca con su colectivo, cuáles motivaciones lo condujeron a semejante conducta. Tambien, para valorar la importancia de obtener buenas calificaciones basándose en lo que uno sabe y no en engaños. En lo personal me ha dado resultado sugerirle al alumno que me indique la calificación que desea tener que yo se la regalaré sin que realice el examen. Ponerlo ante esta situación permite que tome conciencia de que alta calificación sin conocimientos es un autoengaño que luego la vida se encarga de revelarnos con exagerada crudeza.

Resulta importante que el docente asuma esta situación de fraude con un sentido diagnóstico y pedagógico. El estudiante es un ser en formación y es responsabilidad del buen manejo pedagógico hacer de esta actitud algo transitorio y garantizar una experiencia enriquecedora. Nunca debe optarse por la ofensa y la humillación. En lo adelante deberá diseñar actividades pedagógicas que conduzcan al estudiante a comprender que la calificación es una valoración no solamente de su desarrollo intelectual sino también y, lo que resulta más importante, moral.

Luego del desarrollado el examen se debe pasar a su revisión, calificación y discusión grupal. El análisis en el grupo de las respuestas a cada una de las preguntas y las calificaciones correspondientes permite que cada alumno se autocalifique y tenga una valoración más exacta de su desempeño. Luego de ello se les debe entregar su examen para que de manera más específica tome notas de sus aciertos y errores. Siempre debe existir la posibilidad para que aquellos alumnos con resultados no favorables y, que lo consideren, puedan repetir el examen. Ello permite establecer la exacta dimensión de la función que estas actividades pedagógicas cumplen en nuestras aulas escolares. Si lo verdaderamente trascendente es que el estudiante se desarrolle no debe haber ninguna objeción a que se estudie con mayor ahínco y se repita un examen tantas veces como sea necesario hasta que todos queden aprobados. Ella es la única manera que tenemos de garantizar el cumplimiento de los objetivos pues al impedirse la repetición de un examen se proscribe con ello la posibilidad para el alumno y el docente de continuar comprometido con la enseñanza y el aprendizaje de aquellos contenidos que se reprobaron, ello, fundamentalmente, por la presión que constituye el cumplimiento del calendario escolar.

En resumen, consideramos que un examen correctamente elaborado, aplicado y debatido tiene más ganancias que desventajas. De lo que se trata es de centrar la atención más en los procesos que generamos en nuestras clases que en los resultados que obtenemos. La atención a los procesos incluye a aquellos que se generan antes, durante y luego de la realización de los exámenes escolares. Debe prestarse especial atención al tipo de actividades que incluimos en los exámenes pues ellas modelan esenciales aspectos intelectuales y. muchas veces, morales pero esto será objeto de otra comunicación.

 

A modo de conclusiones.

La planificación, desarrollo y posterior análisis de los exámenes escolares resulta una actividad pedagógica especialmente fructífera si aprendemos a generar y conducir los procesos implicados en ello. Una condición para lograrlo es que cumplan, junto a su función diagnóstica, funciones instructiva, educativa y desarrolladora. Ello se logra, entre otras condiciones, si sustituimos los exámenes de respuestas rápidas o test, tan generalizados, por pruebas elaboradas por los propios docentes y basadas en el diagnóstico sistemático de nuestros estudiantes.

La atención pedagógica al acto del examen comienza desde su concepción, momento en el que se debe prestarse especial atención a las diferencias individuales de nuestras aulas escolares, en tanto el examen debe hacerse para todos los estudiantes y todos deben sentirse estimulados, aún, cuando no se alcancen las máximas calificaciones.

Concebir, aplicar y analizar con el grupo los resultados de un examen es tarea de pedagogos y no de tecnócratas. La función educativa, instructiva y desarrolladora de los exámenes implican mantener una estrecha relación entre los docentes y con la familia de los estudiantes, las que deben tener una participación activa en crear todas las condiciones espirituales, materiales y de coordinación necesarias para que los jóvenes se sientan acompañados en la difícil y sublime tarea de crecer aprendiendo y aprender creciendo. Debe asumirse que el desarrollo del examen diagnostica no solo niveles de desarrollo intelectuales sino además, el desarrollo de la voluntad y la formación de valores.


[1] Enseñar y aprender son conceptos relativos según la lógica formal. Ello significa que el uno no se da sin el otro. No existe la enseñanza al margen del aprendizaje. Si una persona enseña es porque alguna otra está aprendiendo. Una de las lecturas que pueden hacerse de la frase “no saber enseñar” es, “tampoco sabe qué aprenden”. Y consecuentemente, quien no sabe qué aprenden sus alumnos no debería elabora una evaluación, pues de hacerlo, lo estaría haciendo, pedagógicamente, a ciegas.

[2] Enciclopedia Autodidáctica Interactiva, Océano. MCMXCVIII OCEANO GRUPO EDITORIAL, S.A. Barcelona, España. 2006. Volumen 8, página 2154.

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