Reinaldo Villegas Astudillo *
Sin lugar a dudas, Andrés Bello es una de las figuras más relevantes del continente en el plano intelectual del siglo XIX, con proyección a los posteriores, a través de doscientos años de República, que han empezado a cumplir las diversas naciones de la Región. Su transitar vital se inicia en Caracas, el 29 de noviembre de 1781 y se prolonga hasta 1810, fecha en que se traslada a Londres, donde permanecerá por espacio de 19 años para luego desplazarse a Santiago de Chile, ciudad en la cual, proseguirá su existir físico hasta 1865, cuando fallece, honrado por una generación de discípulos –quizás la más brillante, surgida en Chile durante la etapa republicana- y un pueblo que lo acogió como uno de los suyos, dentro de esa relación permanente entre una y otra nación, que se inicia con el arribo a Caracas del Canónigo chileno, José Cortés de Madariaga, en el año 1803.
Dentro de su vasta producción se han destacado, fundamentalmente, aquellas vinculadas con la creación poética, filológica-gramatical; por supuesto, la educativa ,sin olvidar la jurisprudencia, internacionalista ,periodística etc. Sin embargo, hay una, de suyo muy relevante, desconocida prácticamente por intelectuales y lectores en general, tal cual lo constituye la producción filosófica.