En educación, una evaluación sin valores

En educación, una evaluación sin valores

  • Imagen de archivo. Manuel Pérez Rocha.
  • Cortesía.<www.uacm.edu.mx>

Manuel Pérez Rocha

La Jornada/120614.

La evaluación consiste en determinar valores; por tanto, si alguien tiene la responsabilidad de elaborar un planteamiento sólido acerca de los valores de la educación, ese es el Instituto Nacional para la Evaluación de la Educación (INEE). Sin embargo, este instituto no ha asumido este reto y para valorar la educación en México ha adoptado, sin el menor análisis ni crítica, la charlatanería del capital humano (véase su informe 'El derecho a una educación de calidad'. Informe 2014, página 103 en adelante).

La educación tiene muchos valores, entre ellos los valores (y antivalores) de la vida escolar misma.

Otros muy importantes provienen de su materia de trabajo central: la cultura, los conocimientos, la ciencia, el arte. Estos bienes tienen valores de uso práctico y valores de uso trascendente (como los de las artes, y en general las humanidades y las disciplinas generadoras del pensamiento y la afectividad), y tienen valores de cambio materializados, por ejemplo, en la obtención de un salario o en la venta de una patente. Pero, en contra de la creencia común, para la gran mayoría de la población mundial los valores de cambio (económicos) de la educación decrecen progresiva y rápidamente en el actual sistema político y económico, en esta no sociedad del conocimiento sino sociedad de robots y de ignorancia masificada.

La capacidad para obtener un ingreso monetario a cambio del conocimiento (o su simulación formal: los títulos, certificados y diplomas) es eventual, puede o no darse, pero en la ideología dominante, y por tanto en la atención (la ilusión) de muchas personas, se presenta como si fuera una realidad absoluta. Sin duda con frecuencia se da ese valor de cambio, esto se sabe desde siempre y no ha hecho falta una explicación científica para admitirlo. Sin embargo, los economistas de la Universidad de Chicago (Schultz, Friedman y Becker) consideraron que hacía falta una teoría científica para explicar por qué a un trabajador con conocimientos (aplicables a su trabajo) se le paga más que a quien no los tiene. De hecho les intrigaba saber por qué el crecimiento del valor del producto de las actividades económicas (los negocios) era superior al crecimiento de las inversiones en capital.

  • ¿Cuál es el factor que explica ese maravilloso residuo?, se preguntaron.
  • ¿Acaso tendrá algo que ver el aporte de los trabajadores?
  • ¿Por qué se le paga más a un trabajador con educación?

Inventaron entonces la teoría del capital humano.

Para la teoría del capital humano todo valor económico (de cambio) proviene del capital.

Para esa teoría, quien produce valor es el capital (por eso el capitalista se apropia de la gran tajada), y el trabajador recibe en forma de salario parte del valor generado en el proceso productivo porque –dicen– también él ha incorporado a la producción un capital que lleva consigo consistente en los gastos (inversiones) hechos en su educación y salud.

De acuerdo con esta teoría del capital humano, entre más inversión se haya hecho en estos rubros, más capital se habrá incorporado a la persona del trabajador y más valor incorporará éste en la producción (no él, sino su capital); para esos economistas esto explica el intrigante residuo y justifica tanto el salario como el pago mayor a quienes llevan consigo más capital.

De esta manera pretenden explicar (y justificar) muchas situaciones, entre ellas las diferencias de ingreso de las personas. Y como para esa visión simplista educación es igual a escuela, su teoría plantea que el capital humano es proporcional a los años de escolaridad y que la correlación observada entre años de escolaridad e ingresos es imagen fiel de la relación causal entre ambas variables.

El trabajador queda degradado, pues, a la condición de depósito o vehículo de un capital, lo cual, para los teóricos de esa corriente, lo convierte en capitalista.

Con frecuencia se usa la expresión valor que se valoriza para definir el capital; sin embargo, el capital no se valoriza solo, de manera mágica o misteriosa. Esto es lo que cree el capitalista, en realidad se valoriza con la aportación del trabajo del trabajador, y no porque el trabajador tenga integrado un capital humano, sino por el valor de su trabajo.

La plusvalía es la diferencia entre el valor del trabajo aportado por el trabajador y el valor de su fuerza de trabajo (lo que con deformación ideológica los economistas de Chicago denominarían su capital humano).

Fuerza de trabajo que nada tiene de capital pues, entre otras razones, a diferencia de éste, que como hemos dicho se valoriza en el proceso de producción, el capital del trabajador se devalúa por el desgaste de sus fuerzas y por la obsolescencia de sus conocimientos y capacidades.

Es lamentable que el informe del INEE adopte esa teoría y además sólo mencione de pasadita otros valores de la educación, sus múltiples valores de uso.

Es el valor de cambio (económico) de la educación, pretendidamente explicado con la inhumana teoría del capital humano, el referente central de la evaluación hecha por ese instituto al sistema educativo mexicano y a la supuesta contribución de este sistema al ejercicio del derecho a una vida más plena y satisfactoria, dice el informe.

El informe del INEE es académico, científico, lleno de tablas, gráficas, referencias bibliográficas con el año de publicación de cada palabra célebre citada, pero está muy lejos de ser un instrumento útil para la necesaria reforma educativa.

Su enfoque es convencional, nos habla de aulas, escuelas, maestros, computadoras, estructuras de recursos humanos. Nos da cuenta de que todo está mal, hay muchas deficiencias. Ya lo sabíamos, ¿no?

Pero el informe ignora los referentes sustantivos para una evaluación fecunda, ignora las cuestiones básicas, filosóficas y pedagógicas, humanas, así como ignora las causas del pobre aprendizaje de los niños y jóvenes mexicanos, que no están sólo en las condiciones materiales de las escuelas, sino en las condiciones materiales y culturales de esta no sociedad del conocimiento cuyo valor dominante es el del inhumano capital.

* * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * * *

Nota mía: Respetuosamente me permití modificar levemente la estructura del artículo de Manuel Pérez Rocha, con la exclusiva finalidad de facilitar su lectura en el formato de Odiseo. Alfredo Macías Narro.

Sección: